lunes, 23 de enero de 2017

Reseña: La hija del Capitán Nemo, de Cecilia Quílez, por Idoia Arbillaga en la revista "Paraíso"






                                                                             

                         Revista Paraíso, número 11, pp. 155-159


                                                   Por Idoia Arbillaga 




Cecilia Quílez ha publicado cinco poemarios en los últimos trece años, su trayectoria dio comienzo en 2002 con La posada del dragón, libro al que sigue en 2006 Un mal ácido, un poemario de ricas ambigüedades erigidas sobre la figura de la écfrasis; y su acertada consecución en 2008, El cuarto día, en Calambur. En la misma editorial aparecen sus restantes libros, en 2011 Vísteme de largo, un poemario que nos ponía en contacto con verdades existenciales: la dualidad del ser, ese otro yo que
nos desarbola y enriquece, los pactos autobiográficos entre la renuncia y la osadía vital; asimismo incluía varias poéticas informales, y temas que se reiteran en su obra como la infancia, el amor y el deseo. Incluso con una mayor lucidez vertebrando el texto, aparece en 2014 La hija del capitán Nemo, un poemario que puede definirse como paralelo a todos los demás por su constitución formal: mediante la predominancia del versículo, sí, pero con total ausencia de puntuación sintáctica, salvo los puntos seguidos y aparte de las prosas poéticas, que carecen igualmente del uso de la coma y el punto y coma. Otra peculiaridad formal añadida es la constante apertura en mayúscula a principio
de cada verso, un rasgo poético clásico del cual se han servido otros muchos autores durante los siglos precedentes, este uso dio nombre a las letras versales, esto es, a las mayúsculas. No obstante, este rasgo parece que en la actualidad halla más sucesores en las estéticas coetáneas y no se trata ahora de una mera fijación tipográfica editorial, sino que abre numerosas posibilidades interpretativas y de significación, como las que aquí se producen. Esta suma de rasgos singulariza la intelección de cada poema, los versos parecen doblemente libres, y la ausencia de puntuación crea esas 156 expresivas ambigüedades tan del gusto de Quílez. El texto gana en solidez expresiva según nos adentramos en el mismo, y como sucede en toda obra literaria de acusado impacto, el lector ha de hacerse primero con ese universo formal y estilístico del autor para afianzar la intelección de la obra. Entre las restantes particularidades formales, figura algún coqueteo caligráfico, como en «A mi hermano le enseñaron a disparar» (p. 15), epistolar, como «En aquel instante preciso» (pp. 64-65), también alguna irónica glosa (p. 39), o las ya referidas y más abundantes prosas poéticas o poemas en prosa (pp. 13, 29, 33, 45, 49, 55, 59, 63 y 77).
Estilísticamente puede decirse que del superrealismo contenido de sus libros anteriores, avanza aquí hacia un simbolismo que determina formalmente todo el libro, otorgando unidad a la rica pluralidad formal. Sin duda quienes afirman que la poesía ha de ser sólo una y en accesible forma, no hallarán respuestas cómodas en un libro de la riqueza y pluralidad formal de La hija del capitán Nemo. Incluso el tan cuidado y formal léxico dominante se ve en algunos lugares completado con usos coloquiales que otorgan al texto cierta espontaneidad y frescura —«Y qué /
Llamarme lo que os plazca / Ay qué sofoco / Tú / Qué penita / Siempre invierno» (p. 46)—; en otros lugares figura un lenguaje plenamente cotidiano, sin el uso de la metáfora (p. 57). No obstante sobreabunda, según adelantábamos, el Simbolismo y la metáfora críptica, en ocasiones in absentia. En cuanto a la extensión, de un lado son abundantes los poemas esencialistas o minimalistas (pp. 16, 17, 37, 48, 53, 69,74, 75...), de otro lado predominan igualmente los poemas de extensión media (pp. 28, 34, 36, 38, 40, 41, 42, 46, 52...); no figuran en cambio poemas de mayor extensión que los que aquí se aluden. Temáticamente la pluralidad vuelve a ser semánticamente determinante en la obra, que se divide en cuatro partes, «I. Signos vitales», «II. El peine del viento» (¿Homenaje onomástico a la célebre escultura de Chillida?), «III. Cuerpos celestes», y «IV. La hija del capitán Nemo». Los temas no se adscriben promediada ni equitativamente a las partes, únicamente se profundiza en los mismos con un mayor distanciamiento o con una mayor cercanía en el tratamiento semántico de los mismos, sea éste último el caso de la parte final. En torno al desengaño, el amor y el 157 deseo, se despliegan los tres campos semánticos que rigen el conjunto de subtemas de la obra.
El desengaño avanza desde la desolación hacia la curación final, o más modestamente, hacia una cierta esperanza contenida. En principio un dolor árido impregna los versos, como en el memorable y minimal poema: «Dentro de la piñata / Pájaros muertos / Yo la vara / Ellos la venda» (p. 48); en otros poemas comienza a cobrar relieve la impotente lucidez que prosigue al desengaño, «Y ahora, ¿qué hago con la verdad? [...] Incendiamos todas las ausencias» (p. 49). El desengaño se ve paulatinamente anulado e igualmente desaparecen los ácidos tintes
del rencor: «El odio termina / En el ala zurda / Del corazón / ¿Notáis como baila?», o «Escribe que la rabia es un postre caducado en el contenedor del recuerdo» (p. 77). En torno al desengaño aparece la soledad (p. 22, 57 et alii), también la impotencia o frustración del escritor —en un notable poema metapoético—: «El poema siempre es un sacrificio / La mayor tortura / Es no escribirlo / No hay limosna suficiente / Que calme la soberbia de los dioses» (p. 56). El nivel léxico textual adquiere una obvia relevancia por cuanto enmarca el largo duelo que da fondo y forma al desengaño latente; así pues, una dura isotopía léxica recorre consecuentemente el poemario con verbos, sustantivos, adjetivos o adverbios como los que siguen: lágrima, mentira, cementerio, fatalidad, silencio, penitencia, negación, basura, muerte, maldición, azufre, miedo, hundidos, envidia, feroz, batalla, llanto, rabioso, ahoga, hunden, amordazan, endemoniadamente, ausencia, etc. Sin embargo, el amor fraternal —antes que el vitalismo y deseo finales—redimen el nihilismo existencial que dominaba la semántica,la interpretación del texto. De este modo, resultan redentores y particularmente luminosos los poemas dedicados a la maternidad y a su hija (Julia), que cobra protagonismo en varios poemas, lo que no había sucedido con tal rotundidad expresiva en ninguno de sus poemarios precedentes, todos dedicados a la joven. En este sentido sobresalen los poemas de las pp. 58 o 72. En cualquier caso, el valor de lo fraterno le lleva a referirse igualmente a las figuras del padre (pp. 64-65 et alii), del 158 hermano (p. 15), o el padre y la madre juntos (p. 73). La amistad, otra forma de amor fraterno, halla lugar en el poema «Laura tú de niña» (p. 42), tácito homenaje a la infancia de la poeta Laura Giordani y uno de sus mejores poemas. Finalmente, el vitalismo sensual, y la intensidad en la aprehensión del mundo y de la vida, resultan liberadores. No dejan de percibirse aun desde la primera parte, donde habla de «la palangana inoxidable de la fe» (p. 34). El deseo y las referencias a lo sensual también: «Nadie contradice/ A los parias del deseo» (p. 28), «La palabra golosina / Dentro muy dentro / De mi sexo» (p. 50), «Poséeme» (p. 52), «Mi mejor bestia,mi deseo» (p. 55), «Hervir en la noche y cribar el deseo» (p. 78), etc. En conclusión, La hija del capitán Nemo se presenta como un poemario muy plural formal y temáticamente, en ocasiones árido y seco en sus concesiones semánticas y léxicas, se trata de un poemario al que conviene una segunda lectura para un mayor discernimiento y una más completa interpretación de su sentido último, pues exige el lector más atento y capaz; si bien, a pesar de la aparente dispersión temática, se aprecia cierta intención, si no narrativa, sí argumental, pues late en su fondo un desengaño doliente que dará paso a una lucidez serena que abrirá espacios a su postura existencial siempre vitalista: esa atractiva necesidad de sentir, saborear, apostar por el futuro, en suma vivir gozosamente, una Estética que define líricamente el conjunto de la obra de la autora. Un duelo, pues, que termina y deja paso a una esperanza madura, realista y contenida, pero verdadera. Un libro determinante el de Cecilia Quílez, que no sabemos hacia dónde nos lleva ahora, tras la superación y renovación que manifiesta en este notable poemario último.